
Cualquiera: ¿Cómo estás?
Yo: Bien.
Sip, soy una mentirosa cojonuda. Todo el mundo se lo cree. Excepto ella, que sabe leer entre mis líneas.
T.E.M.
A veces (si me acuerdo) escribo lo que callo.
Cuando mi hermano el menor nació, alguna de mis inumerables tías (de esas que en los noventa dejaban marca de pintalabios rojo en las mejillas) le regaló un peluche de los Bananas en Pijamas. Bananín era su nombre. Y sigue siendo así, porque en aquel entonces yo no era tan contreras, así que decidí mantener su nombre platanítico (toooooma palabra nueva). Fue amor a primera vista. En ese momento supe que jamás lo dejaría ir. Mi pobre hermano trato de recuperar su regalo varias veces, ya sea escondiéndolo, robándomelo por la noche o torturándome con la idea de que se había caído accidentalmente en el sucio y horripilante terreno de al lado de mi casa, pero todos sus intentos eran en vano... Bananín y yo eramos invencibles, nadie podía separarnos. Sufría (y sigo sufriendo) si Bananín se caía de mi cama, o quedaba aplastado debajo de las almohadas o la colcha de alpaca en invierno. Me acompañó (y lo sigue haciendo) a todos los viajes, acampadas al aire libre, pijamaparties y demás cosas que pertenecen a la rutina de la infancia, ateniéndome a la consecuente vergüenza que tenía que pasar cuando mis amig@s se enteraran de que yo aún dormía con un peluche, pero me daba igual, realmente.

Hoy, sin querer, o talvez queriendo, me han roto el corazón. Cuando yo pensaba que ya no había más oportunidades, que se quedaba solito, esperando a que yo hiciera acto de presencia, y que sólo sería para mí, me dispara a quemarropa que lleva un tiempo con alguien. One more time. Y no he tenido suficiente aplomo como para plantarle cara. Porque sigo pensando que es el chico perfecto, guapo, majo, inteligente, fuera del montón, indiecito entre pedorros sin oído, con camisitas a cuadros rojas y azules, que le hacen una barbilla preciosa. Y sus pecas. Y su ironía, y su no estoy pero siempre estoy. Bu.Madrasto: ¿Dónde están las tijeras?
Yo: No sé
Madrasto: Ay de tí que las encuentre en tu habitación
Yo: Ups...
(Luego de un rato...)
Madrasto: Joder, no encuentro las tijeras, ¿pero no te acuerdas que ayer me amenazaste con ellas?
Piyuli: jajajajajajaajaja ¡qué fuerte! Estáis fatal.
Yo: Hostia, es verdad, pero no me acuerdo donde las dejé, pero en mi habitación seguro que no.
Madrasto: Creo que me amenazaste por aquí. (Señalándome el ambiente de la mesa del comedor)... B, has visto las tijeras?
Yo:A ver? Ajjjj, es salado. (al probar el chupete de chile que B. estaba comiendo tan a gusto)
B: Qué va, es dulce
Madrasto: Qué asco por Dios lo que comen los mexicanos.
Madrasto:Es igual, coge un cuchillo, ¡dáte prisa! (dirigiéndose a mí, para volver, a labor previa a ésta conversación)
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Es posible que cuando la gente dice que necesitamos un psicólogo, tengan algo de razón.
